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A bote pronto

El orgasmo del gol

El orgasmo del gol

Impregnado por el aroma de Mundial que nos inunda estos días, me he puesto a recordar maravillosos momentos de fútbol que adornan mi memoria. Algunos, escenas en primera persona de mi infancia y no tan infancia. Pero sobre todo se me han abalanzado a la retina muchos capítulos indelebles de la historia futbolística. Me puede resultar aventurado concretar cuál fue el primer instante que retengo en mi retrovisor particular sin necesidad de replay. Debe ser aquel misil lanzado por el empeine exterior de un holandés típico, rubio y vestido de orange, en el añejo Wembley. Y, acto seguido, Cruyff saltando el vallado publicitario con gallina de piel no sin apuros. Primero, una pierna. Luego, la otra. Mirada perdida. Montonera de cuerpos naranjas. El episodio de la celebración lo rememoro gracias al vídeo, porque cuando el balón alcanzó las redes me convertí súbitamente en un muelle sobre un viejo sofá granate. Por cierto, ¿qué habrá sido de él? Le tuve cariño, desde aquella noche. Mi primer orgasmo. Sí.

Y digo esto porque también se me ha hecho presente en esta noche de flashback una encrucijada verbal que me planteó una amiga hace más de cinco años. Una tarde de césped universitario y lección al sol me expuso el siguiente dilema: Si tuvieras que elegir cómo morir, ¿preferirías hacerlo en el fragor de un orgasmo o en un accidente de coche a más de 250 km/h? La base del problema, según ella, radicaba en la pasión innata del hombre tanto por el sexo como por la velocidad. En esta madrugada de insomnio he llegado a la conclusión de que ninguna de ambas es la elección adecuada, sino que hay una respuesta soterrada que es la correcta: la pasión futbolística. Morir de gol.

Morir siendo Maradona en el Azteca tras aniñar a una fila de ingleses, tras estallar millones de gargantas, tras inspirar a Víctor Hugo Morales la narración de las narraciones. Morir siendo Koeman en Wembley tras evitar una barrera infinita y rescatar así al barcelonismo del desierto. Morir siendo un red devil tras voltear al Bayern en el Camp Nou en el último suspiro. Morir siendo Eto'o o Belletti en París, Galletti en Montjuïc, Zidane en Glasgow. Siendo Ghiggia en Maracaná o Kempes en El Monumental. O siendo yo mismo en La Romareda tras hincar Ewerthon el sexto al Madrid. Morir de gozo rabioso y arrebatado, de orgasmo en forma de gol.

Nota: Sin duda, esa celebración de los goles mezclando alegría y furia con la que yo me identifico plenamente está perfectamente representada por los argentinos. Como Maradona comiéndose una cámara en Estados Unidos 94' tras transformar ante Grecia, como Cambiasso hace unos días en Alemania tras culminar un gol global ante Serbia.

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