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A bote pronto

D'Alessandro frota la lámpara

Mandrake enseñó la senda del triunfo con su magia. El Zaragoza superó brillantemente la expulsión de Ponzio. Aimar abrió el marcador. El Espanyol, gris

Los obstáculos emergen para ser superados, para engrandecer las hazañas y generar héroes. La temprana expulsión de Ponzio y lo que aconteció durante los 60 minutos siguientes puede resumirse, de algún modo, así. El Zaragoza lapidó al Espanyol con plena justicia, superando la adversidad arbitral y a un rival incómodo y defensivo. Gracias a un fútbol total, corajudo y brillante al tiempo.
El escenario recibió a dos púgiles de fachada diametralmente opuesta. El Zaragoza, fiel a la vivaz y colorida pizarra de Víctor, con el mismo equipo que en Riazor, salvo Cuartero por Juanfran. Víctor decidió no agitar el puzzle y optó por mantener a Ponzio en la zona ancha y dar entrada al capitán. Por el otro bando, Valverde renunció a su apuesta prevista. Sentó a las estrellas y se acorazó grisáceamente con dos lugartenientes propensos a los bajos fondos, Costa y Jonatas, inexplicables brasileños. Un técnico propuso luces y el otro, sombras. El resultado dignificaría a la postre la actitud del aragonés.
Cuando algunos abonados aún escudriñaban las gradas en busca de su nuevo asiento, Costa ya recibió la amarilla por su primer souvenir a Aimar. Sonaba bonito, un árbitro con arrestos para lastrar el continuo castigo al que someten los rivales al Cai. Víctor viene llamando la atención para que los silbatos respeten especialmente a su estrella, el eco le había llegado a Rubinos Pérez. Después, todos los augurios se irían por tierra.
El Zaragoza se presentó confirmando sus señas de identidad, con Aimar y D’Alessandro en conexión permanente. Tocando, combinando, intercambiando roles y espacios. Por su parte, el Espanyol desconocía cómo juntar las palabras elaborar y fútbol. Desde luego, Costa y Jonatas no parecen tenerlas en su diccionario. Quizá unas vacaciones en su país podrían ayudarles, quizá ni eso. Ellos iban a lo suyo. Sólo la energía de Coro y ciertos trazos de la zurda de Riera se escapaban de la monotonía blanquiazul.
Pero Rubinos Pérez reclamó los flashes que tantas veces han enfocado a los desafortunados señores del silbato en La Romareda. Amonestó a D’Alessandro por una ligera protesta. A continuación, Ponzio cortó un balón con la mano. Según él, involuntariamente. Rubinos, en desacuerdo, se llevó la mano al bolsillo. Ponzio adivinó la multa y clamó al cielo alejándose del lugar de los hechos sin siquiera mirar al juez. Y éste afinó el oído y optó por agarrar la roja en vez de la amarilla. Según el acta, Ponzio gritó aludiendo a una tal señora Pérez. Leo asegura que mentó a la suya propia. En suma, cuando en una situación incendiaria los ánimos del futbolista se revolucionan hasta hacer saltar su aguja, lo sencillo y cuerdo sería comprender los nervios y hacer la vista gorda. Los muchachos trapisondistas de Sánchez Arminio no son de esa opinión, prefieren los líos.

Coraje y arte. Ante la afrenta de quedarse injustamente con diez, el Zaragoza no se descompuso, al contrario. Zapater se multiplicó en el epicentro de la batalla, mientras que D’Alessandro y Aimar, heridos en su orgullo de estilistas al ser maltratados por el rasero del juez, incrementaron su trabajo y su protagonismo. La asociación artística no esperó para dar sus frutos. Mandrake amasó el balón en el carril del diez, esperando a que Cuartero le doblara como un tren desbocado manchándose las botas de cal. El capitán, excelso durante toda la noche y a lo largo de todo el flanco izquierdo, avistó a Aimar cerca del punto de penalti. Le puso de lujo el pase de la muerte y el Payaso apuntilló a Kameni entre una maraña de piernas. El coraje y el arte unidos para desgañitar a La Romareda.
Un equipo tenía un gol de ventaja. El otro, un hombre. Resultaba casi imposible no retocar las pizarras al descanso. Víctor eligió a Movilla para asentar al Zaragoza, Ewerthon fue lógicamente el sacrificado. Movimiento inverso en el banquillo de Valverde, que dejó en la ducha a Rufete para dar entrada a la pesadilla: Tamudo. El Espanyol quiso venirse arriba, pero el Zaragoza apenas notó la inferioridad. La defensa solventó la papeleta con gran nota. Sólo algunas acciones mejorables de César crearon incertidumbre. Sergio fue un titán, cortando todo tipo de acciones. El Mariscal está recuperando su mejor versión gracias a su nuevo compañero.
D’Alessandro crecía y crecía, adquiriendo cada vez mayor protagonismo en el juego. Su posición teórica en el volante izquierdo se agita hacia cualquier recoveco del terreno. Pisando y pisando el balón, embobando a defensores y cámaras, parando el tiempo en torno a su zurda. Aimar, afectado físicamente, otorgó a Óscar el testigo pronto, quizá demasiado. Pero el Zaragoza se mostraba como un equipo muy cohesionado, por encima de las individualidades.
La zurda de Mandrake no se cansaba de aparecer en escena reclamando atención. Un magnífico libre directo alcanzó el palo largo de Kameni. El repertorio de D’Alessandro parecía no tener fin. El rechace llegó al flanco izquierdo, donde Cuartero era dueño y señor de todo suceso. Su centro medido lo cabeceó Diego Milito, advirtiendo de lo que llegaría. Kameni no podía disimular su preocupación.
Cuando los pulmones no hallaban el oxígeno, D’Alessandro seguía con su película. Aturdiendo a jugadores pericos con el balón como Asterix con su pócima a los romanos. Boba por aquí, por allá. La defensa, ensimismada. Y Diego, a la espera. Mandrake lo encontró con una buena asistencia a la espalda de Lacruz. Sentó a Jarque y mató el partido. Al siguiente suspiro, Óscar recibió un balón largo con tiempo de que Kameni fuera digiriendo el tercero. Pleno de calma y tino, selló el resultado. El Espanyol tiró por vez primera a puerta en el descuento. El Zaragoza no le dejó opción a más.

AS, 11 de septiembre de 2006

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